lunes, 21 de octubre de 2024

La Bruja de Dagaz, entrevista con Margarita Hans



La luz se filtra por las ventanas del bar, Margarita toma un refresco de naranja y de vez en cuando desvía la mirada hacia quienes se sientan en la barra. No es el clásico día de otoño en el que a uno le da por hacer brujería. Sin embargo, frente a mí se encuentra una mujer que parece disimular todo cuanto sabe; una amplia y embaucadora sonrisa encubre «otra realidad» de quien aparenta ser.


—Cuéntame de esa niña que coleccionaba palabras —le pregunto, mientras deposito azúcar en mi café.


—Antes de nada, muchísimas gracias por esta entrevista y por todo el cariño que siempre regalas a mis novelas y a mí misma.


—Déjate de pamplinas y no huyas, que te conozco. —Sonríe, intento que se centre en la conversación. De fondo suena Amy Winehouse


—Valeeee. Contesto tu pregunta, pesado. Todos somos coleccionistas de palabras. La palabra nos rodea en cualquier circunstancia y lugar, sea oral o escrita, pero siempre está presente, aunque sea a través del pensamiento; y ¡ay de nosotros el día en que deje de hacerlo! Es poder, abrazo, consuelo, amor o arma. Pero muchos no saben cómo coleccionarlas porque las infravaloran.

—¿Quién es Isamar?

Es una niña que se refugia de la soledad que la embarga a través de las palabras. Su visión del mundo es muy especial. Ella pone nombre a las emociones, a las sensaciones, a lo cotidiano, y al hacerlo, les da ese poder que guarda dentro de sí; ello le ayuda a convertirse en la mujer que será y en las decisiones que adoptará.



—Tras la publicación de este libro, ¿no temes que te llamen bruja?


—Me encanta que lo hagan. Date cuenta de que la palabra bruja significa «mujer sabia». Aún conservamos los resquicios de ese personaje de cuento malvado, de nariz aguileña, pelo crespo e incluso verruga en la nariz, jajaja. Pero una bruja, por suerte, es mucho más que eso. Podemos llamar «bruja» a alguien de forma despectiva, como sinónimo de mala persona; pero también podemos hacerlo para referenciar su feminidad, su autenticidad e intuición. Me gusta ver el lado bueno de las cosas, así que me quedo con la definición positiva.


—¿A qué se debe este cambio de registro en tu historia literaria? Comenzaste con la biografía de tu hermano, le siguió Estatuas de sal, un libro detectivesco; luego Brumas del pasado, que más o menos es una historia de amor, y un libro precioso de relatos. 


—Realmente no he cambiado tanto. Si lo piensas, he pasado de los fantasmas a los mitos griegos, y de ahí, a la magia de la fantasía y los cuentos. Pero a pesar de ello, sí que La bruja de Dagaz es muy distinta a mis anteriores obras. ¿Por qué? Madurez, el paso del tiempo y, sobre todo, de la vida. Las huellas que aceptas y el valor para mostrarlas.


—Para escribir La bruja de Dagaz, ¿ha sido necesario estudiar algún tipo de grimorio o brujería? Confiésate.


—El de la vida misma. La bruja de Dagaz se sustenta de los hechizos cotidianos. Del amor, de los celos, la venganza, el miedo… realmente pienso que esa es la brujería más poderosa: la vida. De todas formas, te confieso que he leído mucho, y que he buscado hechizos, pociones que se preparaban a base de hierbas y productos naturales y ayudaban a la sanación. Pero, ¿sabes? Si escribes fantasía has de dejar que vuele tu literatura y darle tu toque. Parte real, parte ficción. Independientemente de eso, sí que he leído mucho para escribir esta novela. La danza en espiral, Las brumas de Avalon, La Dama Blanca… todo influye.


—¿Luz u oscuridad?


—Luz. Eso deseo contestar, luz. Pero… ambas. El equilibrio ha de existir. Toda luz proyecta una sombra, todo día necesita su noche, y en toda noche hay una hermosa luna de hechizos y magia.


—¿Frío o calor?


—Ahí sí que la hemos liado, jajaja. Si me preguntas por una estación, te digo que el otoño. Pero si me preguntas si frío o calor… soy de calor en el corazón, pero de escribir con una taza de café ante una chimenea con velas encendidas, y para ello necesito al frío.


—Si alguien te regalase un gato, ¿qué nombre le pondrías?


—Gato, Misifú. Gata, Luna.


—Vaya, veo que se te da mejor escribir que ponerle un nombre a un gato. ¿No te da miedo la soledad de los bosques que describes en tus páginas?


—Me aterra. La soledad está infravalorada; es mucho más necesaria de lo que creemos, pero al tiempo puede ser el monstruo más aterrador que existe. Esos bosques que yo describo pueden ser aterradores, esa inmensidad vacía de nadie que pueda auxiliarte, ese saber que solo dependes de ti, que en tus manos está tu vida… Ahora que lo pienso, se parece bastante a la vida real, ¿no te parece? —La miro y no contesto. La he llevado al lugar que deseaba.


—Dime un hechizo o encantamiento leve, de esos que sé que utilizas a diario.


—La sonrisa.


—Si tuvieses que hacer un viaje con un escritor o escritora de fantasía, ¿con quién sería?


—Realmente es una pregunta difícil, me iría sola. Nunca he viajado sola y no sabes cómo deseo hacerlo, siempre estoy rodeada de gente. Y si tuviese que elegir, pues siempre está el padre que no es otro más que Michael Ende, ya que con J.K. Rowling o con Neil Gaiman, seguro que no nos íbamos a entender.


—Por último, he leído tu libro al menos un par de veces. Lo cierto es que no lo encajo con ninguna obra que conozca. Es auténtica. Diría que es Margarita Hans en plena esencia. ¿Es esta tu obra cumbre? Y… ¿cambiarás de registro en tu próxima obra?


—Es mi última obra, no sé si será mi obra cumbre, pues Estatuas de sal pegó fuerte, pero… para mí, es la mejor escrita y donde hay más de mí. En La bruja de Dagaz hay mucha Margarita diluida en infinidad de personajes, y es donde me he sentido en casa al escribirla. Tanto es así, que creo que al fin he encontrado mi género literario. Mi vida está algo zarandeada últimamente, pero que nadie se preocupe: ya he invitado a casa a un par de elfos, alguna brujilla, un par de dragones, y por supuesto, mil y un hechizos esperan sobre mi mesa de trabajo. No creo que tarde y el tema ya sabes. Escapo a través de la fantasía, es dogma de vida.


—Y, por último, la pregunta más terrorífica de todas. ¿Qué te da más miedo, tus monstruos o aquellos que diariamente vemos en la prensa o en los noticiarios de la televisión? Me refiero a quienes dirigen nuestras vidas, ya sea desde la política o cualquier tipo de manipulación social.


—Me da muchísimo más miedo lo que veo en televisión y también en el día a día. Me da terror la manipulación, tanto política como social, así como la forma en que se pueden tergiversar las cosas, como la mentira o el desconocimiento. Ellos pueden hacer que se creen castillos en el aire, sin raíz alguna que los sostenga. En el género literario, antes de crear un paisaje o mapa, debes de crear la estructura de la novela; en la política no hace falta. 

—Todo es mentira, dijo Jesús Quintero en su última locución...


Todo es mentira. Necesitamos cultura, educación, y una sanidad fuerte. Necesitamos hijos con edad de trabajar que tengan una salida laboral y puedan lograr su independencia con holgura. Necesitamos libres pensadores y, sobre todo, autenticidad. También sería importante regirnos por la ilusión y no por el miedo; nada de apatía ni obligación.


En el exterior se ha hecho la oscuridad. Ante mí, la mujer capaz de crear una historia fascinante, construyendo un mundo donde antes no existía nada. He ahí el poder de su magia.

martes, 15 de octubre de 2024

Sevilla tuvo una niña

 





Sevilla tuvo una niña...

Así comenzaba la canción que inundaba mi cocina mientras preparaba unos pavías de bacalao. Una vez más, me vi envuelto en los recuerdos de una época lejana de mi vida, donde la fantasía y la realidad se entrelazaban como en una danza etérea.

Triana, ¿qué queda hoy de ti...?

Recordé un festival flamenco, un domingo por la mañana en el Teatro Álvarez Quintero, en los años 70. Fue entonces cuando Francisco Palacios "El Pali", junto con "El Turronero", convirtieron el escenario en una locura de cante y compás.

Triana, la antigua "Trayana", de fundación misteriosa... con su Cava de los Gitanos, donde la esencia del cante y el baile se fundían en lo sublime de la noche, creando mundos y almas.

Triana, donde los marineros encontraban refugio y los alfares árabes daban vida a la cerámica más exquisita.

Rumaykiyya, ese fantasma y última princesa de Sevilla, que aún susurra versos junto al Guadalquivir, recordando sus tiempos de esplendor junto a su amado rey.

Triana, ese rincón sagrado donde el río es dueño y señor, creador de su propia leyenda, de cada corriente, de cada marea...

Recordé la Capilla de los Marineros, testigo mudo de la historia, y aquel día en que arribó lo poco que quedaba de una expedición que había dado la vuelta al mundo. Y el olor a semillas de clavo que inundaba Sevilla...

Me vino a la memoria esa Triana valiente y rebelde, enfrentándose a las tropas de Queipo con piedras y aceite hirviente.

Triana, ¡oh, mi Triana!, cantaba Imperio Argentina desde lo alto de unas murallas demolidas y hoy casi olvidadas...

miércoles, 9 de octubre de 2024

El Parsifal de la calle Alhóndiga


Ayer estuve recordando la primera vez que oí el Parsifal de Wagner. Fue en una vieja casona de tres plantas en la calle Alhóndiga de Sevilla. Yo subía unas escaleras —o las bajaba—, ahora no lo recuerdo bien.

El caso es que su preludio, aterciopelado y digno de una pieza de orfebrería, llegaba a mí como una mítica nebulosa desde la planta superior.

Era esta una casa extraña y laberíntica, como las de Cortázar, dividida en estancias, cuyo eje central convergía en una planta acristalada donde se compartían la cocina y el baño.

Las habitaciones eran de dimensiones majestuosas, dignas de una película de Visconti, con techos altísimos y rematadas por un minúsculo balcón que daba a la estrecha calle.

Recuerdo que, mientras sonaban los primeros compases del preludio, tuve la sensación de caminar suspendido sobre una nube de algodón.

Corrían los años ochenta, esos benditos años ochenta, y en la esquina de la calle Alhóndiga había una taberna que guardaba ese olor a cerveza que solo las viejas tabernas sevillanas pueden conservar.

Regentaba la susodicha taberna mi amigo Pepe —aquel que siempre lucía un delantal inmaculado—, regordete, con unos mofletes tan colorados que parecían pintados a propósito. Allí solo se degustaban cerveza y altramuces. El mundo era mucho más sencillo por entonces.

—La memoria, a veces, se convierte en un depósito, un bálsamo amable—.

Ayer terminé de leer Nací de George Perec, ese libro que, como mencioné, me trasladó a París sin necesidad de avión. Continué con las labores en el huerto y por la tarde me dediqué a recomponer mi destartalado blog.

Hoy, quizás me llegue a la playa. "Necesidad de hablarle al mar", diría Alberti. Luego, tras descansar, me refugiaré en la Sonata de Otoño de don Ramón del Valle Inclán, un viejo ejemplar de 1963. Ya lo he dicho: donde habité la memoria, que se olviden las tablets, los ebooks y demás formatos indecorosos.