Interior
Pintado en Sevilla 1910 - 1911
Museo de Ermitage en San Petersburgo
El gran Matisse pasó el invierno de 1910-1911 en Sevilla, acompañado por su esposa, Amélie. El pintor francés se alojó en el desaparecido Hotel Cecil, situado en las inmediaciones de la Plaza Nueva, y compartió aquellos días con su amigo, el pintor cántabro Francisco Iturrino, a quien conocía desde los tiempos en que ambos coincidieron en el taller de Gustave Moreau.
Matisse había quedado profundamente impresionado por el arte oriental después de visitar en Múnich una exposición dedicada a Oriente. Aquella experiencia despertó en él una curiosidad que iba mucho más allá de la simple contemplación artística. Buscaba nuevas formas, nuevos colores y, sobre todo, una manera diferente de entender la pintura.
En noviembre de 1910 llegó a Madrid, donde visitó el Museo del Prado, antes de continuar viaje hacia Sevilla. El 27 de noviembre se encontraba ya en nuestra ciudad. Aquí permanecería hasta mediados de enero de 1911, con una breve escapada a Granada para visitar la Alhambra.
La estancia sevillana fue mucho más importante de lo que pudiera parecer. Matisse recuperó en Sevilla el deseo de pintar y encontró en la luz, los interiores, los tejidos, la cerámica y el color de Andalucía un nuevo territorio de investigación. Junto a Iturrino trabajó en un estudio y realizó varias obras, entre ellas el retrato de la gitana Joaquina y dos bodegones que hoy se conservan en el Museo del Hermitage de San Petersburgo.
La fascinación por el arte islámico le llevó también a Granada. Allí pasó varios días en la pensión Carmona, situada junto a la Alhambra, donde quedó profundamente impresionado por el monumento nazarí y por todo aquello que descubrió en sus interiores y en las tiendas de antigüedades. Compró azulejos, objetos y tejidos que posteriormente aparecerían transformados en sus pinturas.
Pero aquí comienza nuestra historia.
Durante mucho tiempo circuló por Sevilla una leyenda según la cual Matisse habría abandonado precipitadamente la ciudad dejando atrás algunos cuadros y bocetos. La razón habría sido la enfermedad de su esposa, Amélie.
Durante años, aquello no pasó de ser una historia transmitida de boca en boca.
Hasta que apareció un testimonio extraordinario.
En 1948, el joven pintor sevillano Miguel Pérez Aguilera viajó a París en busca de la modernidad artística y tuvo ocasión de coincidir con Matisse. Según relató posteriormente, el propio maestro francés le habló de su estancia en Sevilla y de unas obras que había dejado en la ciudad.
A partir de entonces, Pérez Aguilera quedó obsesionado con la posibilidad de encontrar aquellos cuadros.
Durante años acudió semanalmente al popular mercadillo del Jueves, convencido de que aquellas obras podían haber terminado allí, mezcladas entre muebles viejos, lienzos olvidados y objetos cuyo verdadero valor nadie había sabido reconocer.
La búsqueda se convirtió casi en una misión personal.
Pérez Aguilera llegó a contar que Matisse le había dicho que había vivido en uno de los antiguos hoteles de la Plaza Nueva y que, al marcharse por la enfermedad de su esposa, había dejado allí varias obras. Nunca consiguió encontrarlas.
«La revelación me llegó de Oriente, Oriente nos ha salvado»
Matisse, tras una visita a la Alhambra
Pero la historia tenía todavía un último giro.
Dos pinturas conservadas en el Museo del Hermitage de San Petersburgo, conocidas como Interior I e Interior II, fechadas entre 1910 y 1911, fueron identificadas como obras realizadas por Matisse durante su estancia sevillana. La documentación del propio Hermitage relaciona ambas con Sevilla.
En una de ellas aparece un interior con muebles, una mesa y tejidos decorativos; la otra ofrece una visión diferente del mismo espacio. Ambas están relacionadas y constituyen, junto a Joaquina, las obras que Matisse realizó en España durante aquel viaje.
La historia de los cuadros desaparecidos de Matisse quizá nunca pueda resolverse completamente.
Tal vez algunos se perdieron.
Tal vez terminaron en manos de alguien que jamás supo quién había sido su autor.
Tal vez fueron destruidos.
O quizá, quién sabe, alguno de aquellos lienzos continúe todavía escondido en algún desván, en una casa sevillana, esperando que alguien vuelva a descubrirlo.
Porque Sevilla tiene esa extraña costumbre.
A veces guarda sus tesoros durante siglos.
Y otras veces los convierte en leyenda.
Es un pintor que siempre me ha fascinado. Saberlo en Sevilla, tan cercano, me gusta. Increíble las vueltas que da la vida. Besos :D
ResponderEliminarIncreíbles, tú lo has dicho. No sabes la de vueltas que puede dar la vida, jajaja.
ResponderEliminarBesos, Ricardo.