sábado, 26 de junio de 2021

TEA, el trastorno invisible


TEA

      El Trastorno Invisible

«Ser una mujer, en compañía de otras mujeres jóvenes;
en busca de mi propia identidad»

                 

Las fotografías pueden ser herramientas poderosas en procesos terapéuticos. Mi trabajo consiste en partir desde la búsqueda de imágenes que nos hacemos de nosotros mismos, hacia la indagación y reconocimiento de nuestro propio retrato y la máscara superpuesta creada por un modelo o condicionamiento social.

En este caso, la obra hace referencia a las principales características externas de una mujer con Síndrome de Asperger, la inhibición en cuanto a habilidades sociales, falta de comunicación no verbal y la denuncia por la situación generada por ser mujer y los prejuicios añadidos que la sociedad impone al género femenino.

Existe una creencia de que el Síndrome de Asperger afecta a una mujer por cada 3/4 hombres, pero está creencia está cambiando. Parece que hay muchas chicas (dentro del espectro del síntoma) dadas a la fantasía como escape del encuentro social. Las mujeres están afectadas por el autismo del mismo modo en que lo están los hombres. Una mujer que presente estos mismos rasgos de personalidad puede ser calificada de rara, sorprendente, fría o dependiendo de la situación, incluso malintencionada. El autismo, con sus particulares efectos sobre la personalidad, ocasiona que uno parezca más racional y menos emocionalmente comunicativo o empático hacia los demás.

La dificultad de detectar el Síndrome hace que muchas mujeres nunca sean diagnosticadas. Sin embargo, una vez son diagnosticadas sufren un efecto liberador, ya que pueden empezar a comprender los “porqués” de su comportamiento.

El atreverse en exponer la imagen, más la gran capacidad de fantasía que otorga el síndrome hace que la fotografía sea un componente liberador y sanador del Síndrome de Asperger.


Modelo de la fotografía, Marta Reina

INAUGURACIÓN DEL I CERTAMEN NACIONAL
DE EXPRESIÓN ARTÍSTICA Y SALUD MENTAL

jueves, 24 de junio de 2021

El Darse Cuenta y otras meditaciones



Ricardo Reina Martel

«Dicen que la atención consiste en someter y enriquecer
la conciencia de SER a través del proceso de vivir»

Castaneda


«Darse Cuenta» es la esencia de la terapia Gestalt y aquello que Claudio Naranjo utilizaba con el término de percatarse.

El Darse Cuenta es lo más valioso, tener la capacidad de percibir que uno estaba equivocado y de esta manera poder cambiar de rumbo.

El Darse Cuenta es más difuso que la atención, implica una percepción relajada (en lugar de una percepción tensa) y es llevada a efecto por la persona, nos decía Perls.



 Mishima Gourdin

«El fin del sufrimiento es la comprensión de «lo que es».

Krishnamurti


La Gestalt concibe el Darse Cuenta, como el proceso de restauración de la salud, entendiendo que la neurosis es un oscurecimiento con la capacidad de percibir (percibirse a sí mismo y al mundo)

El Darme Cuenta, es el proceso que me lleva a comprender la diferencia de mí con el otro y/o los otros; es aprender a tener contacto, a tener un contacto sano con aquello o aquellos que me van a satisfacer mis necesidades (con una total responsabilidad de mi parte, es aprender a estar en un continuo de conciencia).

Es reconocer que me pertenece a mí y que no es mío. Es, aprender a hacer contacto y aprender a retirarme. Lo que se denomina en Gestalt; «Dejar que el río fluya».

El Darse Cuenta, cubre por así decirlo tres estratos o capas; el darse cuenta de sí mismo, el darse cuenta del mundo y el darse cuenta de lo que está en el centro (la zona intermedia de la fantasía), que impide que la persona esté en contacto consigo y con el mundo que le rodea.


R. Reina Martel

El darse cuenta del sí mismo o de la zona interna.

Comprende todas aquellas 
sensaciones, emociones y sentimientos que suceden dentro de nosotros, en nuestro organismo. Nos permite 
ponernos en contacto con nosotros mismos.

El darse cuenta del mundo o de la zona externa

Tiene relación con el contacto sensoria y nos permite ponernos en contacto con los objetos y acontecimientos del 
mundo que nos rodea, de todo aquello que está fuera y de lo que ocurre más allá
 de nuestra piel.

El darse cuenta de la fantasía o zona intermedia

Incluye toda la actividad mental que va más allá de lo que sucede en el presente como son los recuerdos, fantasías o pensamientos. Ello, nos permite ponernos en
contacto con nuestras fantasías.


Caspar David Friedrich

Tradicionalmente, se considera esta zona (fantasía) como el lugar privilegiado de la neurosis; aquí residen los perjuicios, fobias, paranoias y toda distorsión de lo que nos llega de fuera o de dentro; sin embargo, habría que entender que es su exceso y en qué medida rehúsa y sustituye la conciencia de las zonas interna y externa.

Claudio Naranjo, manifiesta que el Darse Cuenta es multidimensional; en cada instante podemos atender innumerables experiencias como pudieran ser los sonidos, imágenes y emociones. Cualquiera de dichas experiencias puede guiarnos y conducirnos hacia una dirección en particular.


Trabajo en Taller de Arteterapia

«Debo cuidar y vigilar mi conciencia.
aparte del cultivo de la atención.
¿Qué valor tienen las demás prácticas?»

Santideva



jueves, 17 de junio de 2021

Corazón de Cebolla, un cuento iniciático.

Foto Carl Wagner

«A lágrimas de cebolla, y caricias de jumento, mucho tiento»

Proverbio Popular

Había una vez un huerto lleno de hortalizas, flores, árboles frutales y toda clase de plantas aromáticas. Como en todos los huertos, reinaba en él un gran frescor y agrado, y daba auténtico placer sentarse plácidamente bajo la sombra de cualquier árbol a contemplar su variopinto colorido, oler sus múltiples aromas o tan solo quedarse uno embelesado oyendo el canto de los pájaros.

Un buen día comenzaron a nacer cebollas muy extrañas, pues cada una de ellas poseía un color y una tonalidad diferente: rojas, amarillas, anaranjadas, púrpuras, verdes, azules, violetas...

El caso es que los colores eran irisados, deslumbradores, centelleantes a su vez; como una sonrisa, el color o el aroma de un cálido recuerdo. Tras investigarse la causa de aquel misterioso misterio, se descubrió que la raíz residía en el corazón mismo de las cebollas.



Cada cebolla poseía un único e irreemplazable corazón, y cada corazón correspondía a una piedra preciosa. Una era un topacio; otra, un rubí; una esmeralda, un lapislázuli o una aguamarina...

Por una incomprensible razón, que nadie supo de dónde vino, comenzó a extenderse entre la población la idea de que aquello era peligroso, inadecuado y vergonzoso.

Entonces, las preciosas cebollas no tuvieron más remedio que ocultar su piedra preciosa capa tras capa. Capas cada vez más oscuras, más inhóspitas y feas. Tenían que disimular cómo eran por dentro, hasta que terminaron convirtiéndose en unas cebollas vulgares y corrientes.



Nicholas Roerich (1874-1947)


Cierto día, pasó por allí un sabio que gustaba de sentarse a la sombra, junto al huerto, y que, como era tan sabio, conocía el lenguaje de todas las cebollas...

Y empezó a preguntarles una a una:

        —¿Por qué no te muestras realmente tal como eres?

A    lo que ellas le respondieron:

    —Me obligaron a ser así... me fueron colocando capas... e incluso yo misma me puse algunas para que no hablaran de mí.

Algunas cebollas tenían hasta diez capas y ya ni se acordaban de por qué las acumulaban. Y el sabio comenzó a llorar; y cuando la gente lo vio llorar, pensó que bien pudiera ser que derramar lágrimas ante las cebollas era propio de seres muy inteligentes.

Por eso todo el mundo sigue imitando al sabio y continúan llorando cuando pelan las cebollas, desconociendo que, bajo una multitud de capas, las cebollas esconden un corazón precioso, único e irreemplazable.



Carl Wagner

lunes, 7 de junio de 2021

De por qué suceden las cosas… El último adiós a Gustav Klimt




    Ha muerto el amor de mi vida. El hombre que me condujo con sus manos de oso hacia una pasión ilimitada.

Han pasado muchos años, apenas quedan ya huellas de tanta afabilidad sobre mi cuerpo. Ni signos, ni señales del paso del hombre al que me entregué en cuerpo y alma, tal como se originó en la pintura.

Yo le amaba más que a mi vida; no era más que una niña de apenas doce años cuando le conocí, quien por entonces era mi profesor de pintura y «lo absoluto».

Yo, para sus ojos, era tan solo la pequeña Danae, tal como le gustaba llamarme. Y ahora, en estos días, ¡qué sorpresa la mía! Cuando en su lecho de muerte ha mencionado mi nombre...

¡Emile! ¡Emile! ¡Emile!

¡Cuánto has tardado, querido Gustav! ¡Cuánto has tardado en recordarme!

Ahora que no queda nada, ahora que tan solo perduran algunos recuerdos alejados entre sí.

Me queda, eso sí que lo reconozco, la complacencia de saber que todo cuanto vivimos no quedó en el vacío. Me queda, repito una vez más, esos momentos pasados en Hietzing, cuando comenzábamos a vivir, amor... 

¡Cuando comenzábamos a vivir!

Aquellos paseos por los bosques de Kammer y nuestro pequeño embarcadero en el lago Atter. Pero de todo cuanto fue, me quedo con tu beso, ese beso de quien me hizo mujer y de aquel hombre que me amó como nadie fue capaz de hacerlo, ¿por qué no decirlo?

Me llevo los vestidos, las modas y los telares. Me llevo París, Venecia, Rávena... no puedo resistirme.

Te llevo conmigo, aunque creí conocerte; ingenua de mí.

Me dejas muchos instantes en mi vida, el aroma de tus labios, tus abrazos y el refugio en tu pecho de oso.

Y ahora que te marchas definitivamente —aunque ya lo hubieses hecho mucho antes—, he de preguntarte: ¿por qué precisamente ahora, mi amor? Ahora que te estás muriendo.

Ya me lo comentaron quienes vieron tu último friso; «es preludio de muerte».

Te marchas, pero dejas tanta belleza tras de ti...

Yo hubiese ido, amor, arrastrándome incluso, pero ¿por qué no me llamaste? Te hubiera cerrado los ojos y sellado mi adiós con otro beso y otro y otro...

Así hasta gastar mis labios.

Te fuiste, y nada más que por el hecho de pronunciar mi nombre en ese último suspiro, me veo obligada a perdonar tus desmanes y amoríos, dado que siempre fui una romántica empedernida.

Fue un tiempo muy feliz, donde conquistábamos el mundo, desafiando el panteón de los dioses.

Te digo adiós desde la lejanía, defendida lo más tercamente posible. Ahora que otro hombre —y muchos hombres— han compartido mi lecho.

Fuiste bueno, un hombre que luchaba como una fiera en el bosque, el más dulce de los salvajes, y que poseías el don de amar con la intensidad del relámpago. El hombre que me elevó a las colinas y a los confines del oro, tal como a ti te gustaba referenciar la conquista.

Esa fascinación tuya por lo refulgente y por lo exageradamente sensual, esa manera de percibir el espíritu...

La belleza impúdicamente manifestada, la belleza como providencia de todos los saberes femeninos.

Nuestro viejo Renoir te esperará, el pequeño Egon Schiele rezará por ti. Y yo me quedaré con el beso, ese último beso inconcluso, ese beso imaginado, esa despedida que nunca me ofreciste.

Me quedaré también con todos los besos que no compartiste conmigo; los haré todos míos, con o sin tu permiso.

Pero déjame quedarme con ese primer beso, que siendo yo aún muy niña, me diste sobre las aguas del lago Atter...

Y permíteme no compartir el beso del cuadro, donde ya me caía y, aún sabiéndolo, me resistía.

Tú me sujetabas para no perderme y yo me entregaba, a sabiendas de que sería el último beso, al beso de una vida y de toda felicidad posible.

Ricardo Reina Martel

© Todos los derechos reservados

lunes, 31 de mayo de 2021

Introducción a la fotografía psicológica I

 


«Cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño,
por primera vez, el dedo de su padre, lo tiene atrapado para siempre»

Gabriel García Márquez



Judy Weiser, en su ya clásico libro Phototherapy Techniques, hace una amplia descripción de las principales técnicas utilizadas y señala que las fotos personales y los álbumes familiares son metáforas visuales de una experiencia; añade que son una ventana al inconsciente, pudiendo ayudar a las personas a comprenderse a sí mismas.

Utiliza las fotografías como técnica de indagación para desbloquear a las familias, traer recuerdos de situaciones olvidadas o bien observar su estructura, los roles, la comunicación y las relaciones, e investigar aspectos generacionales.

Weiser parte de un enfoque fenomenológico, donde las fotografías por sí mismas han capturado un momento de la realidad en el tiempo y el espacio, pero estas no son la realidad, son tan solo una representación de ella.

Cada uno de nosotros puede llevar una manera inconsciente de dicha representación en la fotografía y usarla como estímulo en el trabajo. Cuando se usan individualmente, se activa el mecanismo proyectivo de cada persona a través de procesos de recuerdos del pasado que operan en el presente.

La foto-biografía es una guía para que cada uno pueda reencontrarse con su pasado, aprender a leer el lenguaje de las emociones en los cuerpos retratados y ponerle voz a los silencios y a la ausencia de imágenes en determinados períodos de la vida. Nos ayuda a comprender y comprendernos; a ponernos en paz con nosotros, nuestro entorno y nuestras relaciones.


En arteterapia se trabaja sobre la producción de imágenes inconscientes. Es una tarea de asociación de imágenes, tarea prioritaria sobre el uso de la palabra. Ya nos decía Freud que las imágenes se hallan más cerca del inconsciente que la palabra. Y si es así, no nos cabe más que pensar que las imágenes pueden expresar y representar aquello que va más allá, eludiendo el pensamiento o razonamiento directo.

Todos guardamos viejas fotos en algún lugar de casa. Las mantenemos en la retina de nuestros ojos como partes inseparables de nosotros mismos o colgadas en la pared como testimonio del paso del tiempo. Sobre el aparador, la mesita de noche o incluso en el trabajo; son puros archivos de nuestro inconsciente personal, archivos íntimos de nuestro recorrido por la vida donde quedaron marcados esos momentos especiales, aquellas personas que conocimos o los lugares por los que transitamos.


«Dichoso aquél que recuerda con agrado a sus antepasados, que gustosamente habla de sus acciones y de su grandeza y que serenamente se alegra viéndose al final de tan hermosa fila»

Johann Wolfgang von Goethe


Los álbumes revelan por lo general instantes amables, sigilosos y motivadores. Un tiempo pasado, una nostalgia infinita de quienes nos quisieron y ofrecieron parte de su vida y que ya no están entre nosotros. Aun así, nuestro álbum nos puede deparar sorpresas, ya que desde la perspectiva terapéutica nos hace emerger recuerdos, sensaciones, pesquisas e interrogantes en el análisis de la reconstrucción de la personalidad, y en donde se adivinan sentimientos, relaciones, secretos olvidados, traumas, amores y detalles que nos hicieron ser cuanto hoy somos.



«Un hogar es más que la suma de los elementos materiales que lo componen: es un almacén de recuerdos, un archivo, un guardián de todo lo que ha sucedido dentro de sus límites»

El álbum familiar es el mapa de nuestro tesoro íntimo, una realidad de la que podemos incluso dudar hoy. En él se hallan nuestros mitos, genealogía, espontaneidad y anécdotas. Según Kraus, las fotografías sirven como iconos, un tótem mágico que nos permite conectar con el pasado, sueños congelados en el simbolismo del sujeto, para descubrir verdades de nuestro propio universo.

El Dr. Akeret, en su Photoanalysis, va más allá y alude al álbum familiar como ayuda para la interpretación de los significados de gestos, posturas y expresiones inconscientes de la persona fotografiada. Poses, miradas, conductas, maneras de comunicación no verbal.

Repasamos nuestra vida, la revisamos; hacemos consciente una evocación permanente y sellada de los sustratos de la memoria. Actualizamos y desmenuzamos el paso, el tránsito de cuanto somos y de cómo hemos llegado hasta aquí. Trozos inconclusos, navegantes de espacios y de tiempo; un puzle que toma forma, proyecto y expresión.



Willy Ronis

miércoles, 17 de marzo de 2021

Mark Rothko, el hombre que pintó su música


«Los cuadros deben ser milagrosos»


Mark Rothko, nació en Letonia, en una ciudad llamada Daugavpils, allá por el 1903.

Desde su niñez sufrió una polaridad que le enfrentó entre lo religioso y un ateísmo extremo. Su padre Jacob, fue un intelectual con ideas revolucionarias contrarias a la corte zarista de Rusia. Por eso nos resulta incomprensible que a los cinco años fuese inscrito en el Jéder (escuela tradicional judía), al contrario que sus tres hermanos.

Allí, Mark, encontró el camino místico del Talmud.

Se cree que su niñez estuvo plagada de infortunios y pesadillas, sufriendo la amenaza constante de una represión violenta por parte de las autoridades rusas hacia los judíos, ya que se les acusaba de pregonar un levantamiento revolucionario.

En palabras del propio Rothko:

«Los Cosacos se llevaron a los judíos del pueblo hacia los bosques, y les hicieron cavar una fosa común... Imaginé esa tumba cuadrada tan claramente que no estaba seguro si realmente la masacre había ocurrido durante mi existencia. Siempre estuve atormentado por la imagen de esa tumba; que de alguna manera profunda estaba encerrada en mi obra pictórica».

Al hacerse realidad la amenaza por parte de los represores rusos no le quedó más remedio al padre de Mark que huir a Estados Unidos en 1909, con la ayuda financiera de su tío Samuel.

Cambió su apellido a Weinstein, y partió con el temor de que sus hijos fueran reclutados en el ejército zarista. ​ En esta época numerosos judíos abandonaron Daugavpils debido al inicio de las purgas cosacas y Jacob, padre de Mark, junto a sus dos de hermanos logró salir de Rusia, estableciéndose en Portland, Oregón, como fabricantes de ropa.


«Entonces un día resulto que presencié una clase de arte, 
con el motivo de encontrarme con un amigo que estaba asistiendo al curso. 
Todos los estudiantes estaban realizando un bosquejo de una modelo desnuda, 
y en ese momento decidí que esa era la vida para mí»

Sin embargo, Mark, hubo de permanecer con su madre Anna y su hermana Sonia en Rusia. Consiguiendo, al fin, viajar en 1913 a Estados Unidos para reunirse con su padre y con sus tíos; Albert y Moise, que habían viajado en 1912.

Finalmente llegaron a los Estados Unidos, el 17 de agosto y después de una travesía de doce días que inició en la ciudad de Liepāja.

El 27 de marzo de 1914, su padre, Jacob, falleció a causa de un cáncer de colon, dejando a su familia sin soporte económico. La familia se vio obligada a trabajar en el negocio familiar de los Weinstein, mientras que Rothko se dedicó a vender periódicos en la calle.

No cabe la menor duda de que algo de su alma quedó en los frondosos bosques de Gauja.


«La pintura no trata de una experiencia. 
Es una experiencia»

Sucedió que casualmente presenció una clase de arte en el Art Students League de Nueva York, los alumnos realizaban un bosquejo de una modelo desnuda, y en ese momento cambió para siempre la vida de Mark (de fomentar el cambio social y el derecho de los judíos pasó al cambio interior, a la búsqueda de un sentido más profundo de su alma). Contaba por entonces con veinte años de edad.

Estudió arte con el artista Max Weber, pero su carácter independentista y autodidacta le hizo escaparse con su círculo de amistades a Lake George y Gloucester, en Massachusetts. Donde llevaría largos periodos sumidos en la bohemia y la desesperanza de los años de la gran depresión. Pero Mark cargaba con el espíritu que habitan los bosques antiguos y junto a Mozart creaba una atmósfera sublime mientras pintaba, dejándose llevar por los sentidos. Desafiando el país y la miseria familiar que arrastraba tras la prematura muerte de su padre en 1914.

Su primera exposición fue en 1933, el 21 de noviembre en la galería Contemporaly Arts Gallery de Nueva York. Ese fue un principio, luego vino la búsqueda de la no forma, su cosmos particular de entender lo religioso.


«El arte es una aventura que nos lleva a un mundo desconocido... 
Nuestra tarea como artista es hacer que la gente vea el mundo 
tal como lo vemos nosotros».

El lirismo de Rothko carece de antecedentes pictóricos, su alejamiento de lo representativo hace plantearnos el sentido de la abstracción. La sencillez absoluta, lo quimérico, el interrogante sin un planteamiento físico.

Mark Rothko, estaba hecho de otra materia, unido a un pensamiento no conceptual, la mente clara y gloriosa que nos acerca con una simplicidad absoluta a lo místico y lo iluminado. Aquello que está más allá de lo razonable.

Se casó con Mary (Mell) Alice Beistle, ilustradora de dibujos infantiles. De dicho matrimonió nacieron sus hijos; Kate y Christopher.

Se suicidaría mucho años más tarde, el 25 de febrero de 1970, después de legarnos su testamento definitivo en la capilla de Houston, sus llamados; «Los Poemas de la Noche»


«La gente que llora ante mis cuadros 
 y vive la misma experiencia religiosa que yo sentí al pintarlos. 
Y si usted, tal como ha dicho, sólo se siente atraído por sus relaciones de color, 
entonces se le escapa lo decisivo»

La gran batalla contra un mercado corrupto hasta la saciedad, degradado y corrompido, que trataba la obra de Mark como mera mercancía.

Luego, llegó el desafío de su hija Kate contra la fundación que comercializaba con su obra, sacando provecho de los fines socioeducativos que imperaban en el testamento de Mark.


Annie Cohen y Mark Rothko

«Tengo un recuerdo muy vívido de la primera vez que vi las pinturas de Mark Rothko. Estoy sentada en una habitación, tenuemente iluminada, rodeada de pinturas de enorme tamaño y poder. Fue en 1967. Lo recuerdo con tanta claridad como si acabara de suceder. Recuerdo que era una sala del Museo Judío de Nueva York. Le he contado a la gente sobre esto en el contexto de escribir esta historia. Pero no puedo encontrar ninguna mención de una exposición en el Museo Judío o incluso nada en Nueva York en ese momento. Aun así, permanece en mi mente. El tamaño, las combinaciones / yuxtaposiciones de colores, la luminosidad de las superficies, la ambigüedad de la imagen / no imagen, lo inesperado de todo. Aprendí mucho sobre la pintura esa tarde, aunque sigue siendo un recuerdo desconcertante»

Pero... esa es otra larga historia. La otra parte de la historia que tanto detestamos.

Una cosa es obvia; Mark Rothko ya no estaba para estar aquí.

miércoles, 3 de febrero de 2021

El Momento Blanco


«Creativo no es el que imagina, 
sino el que hace imaginar»

Frida Khalo

Nuestra intuición se alimenta directamente del vasto archivo de la información que recibimos, siendo este un libro abierto para el inconsciente, pero hasta cierto punto cerrado para el consciente.

De hecho, ciertos estudios han comprobado que, en general, las primeras corazonadas de las personas forman la base de las mejores decisiones; al contrario de aquellas decisiones tomadas tras un análisis racional. Es por ello que la habilidad de ver cosas de una manera nueva es de vital importancia para el proceso creativo, radicando en las ganas de cuestionar cualquier supuesto.

Cuando la actividad está en su apogeo, se puede experimentar esto que los atletas y actores llaman; «El momento blanco».

Este «momento blanco» es lo que los psicólogos llaman; «El Fluir»


«Quien busque el infinito, que cierre los ojos»

Milan Kundera

En el estado de fluir, las personas se hallan en su punto más profundo. Puede darse en cualquier ámbito de actividad; mientras se pinta, se baila, en la ducha, se juega al ajedrez o incluso cuando se hace el amor; en cualquier momento. El único requisito es que tus habilidades se ajusten tan perfectamente a las exigencias del momento que desaparezca toda inhibición.

Al contrario de todo ello, la cuestión que nos impide alcanzar «El fluir» se denomina «Fijación funcional», suponiendo la trampa que nos mantiene percibiendo y advirtiendo la manera obvia de solucionar un problema. La misma repetición que nos mantiene procesando y pensamos siempre lo mismo, cuestión obvia que impide fluir o llegar al momento blanco.

Otra manera que impide absorber información nueva es la autocensura, esa crítica o voz interior que confina nuestro espíritu creativo dentro de los límites de lo que juzgamos aceptable.


«No hay necesidad de templos, 
no hay necesidad de filosofías complicadas. 
Mi cerebro y mi corazón son mis templos; 
mi filosofía es la bondad»

Dalai Lama

La frustración surge en el momento en que la mente analítica, racional, en busca de una solución, alcanza el límite de sus habilidades, dado que en el inconsciente no existen juicios de auto censura, allí las ideas son libres de recombinarse con otras de esquemas nuevos y asociaciones impredecibles, en una suerte de promiscua.

La espontaneidad aparece cuando la actitud deliberada cae, cuando somos capaces de dejar que la naturalidad y claridad tome el control de los movimientos. La gracia de un bailarín, la libertad de trazo de un pintor o la fluidez de un pianista son consecuencia de que una gran parte de sus movimientos, regulados por la naturalidad. Al cuerpo, tal como la mente; si se le deja hacer, es grácil.

domingo, 24 de enero de 2021

Cuando Hitler mandó quemar a «Bambi»

—¡Mira, mira, mamá! ¡Una flor volando! 

—No es una flor —explicó la madre

—es una mariposa.


    Aunque esta os parezca una historia insólita y extraña, sucedió así, tal como os la voy a contar…

En 1923, el poeta Félix Salten, después de visitar los Alpes suizos, quedó fascinado por la vida salvaje y los animales que habitaban aquellos paisajes. Aquella experiencia despertó en él el deseo de escribir una novela. La primera edición fue muy limitada y narraba la historia de un joven ciervo que debía aprender a sobrevivir en el bosque desde su nacimiento.

Félix Salten nació en 1869 en Budapest (Hungría). Debido a la legislación austriaca que otorgaba la ciudadanía a los judíos, su familia se trasladó a Viena cuando él era todavía un niño. Su verdadero nombre era Siegmund Salzmann, aunque pasaría a la historia bajo el seudónimo de Félix Salten.

El joven Salten tuvo que abandonar los estudios y comenzar a trabajar a una edad temprana, aprendiendo pronto a sobrevivir debido a las dificultades económicas de su familia.

Su pasión por la escritura lo llevó a publicar pequeños artículos, reseñar libros en revistas y colaborar en diferentes publicaciones. Formó parte del movimiento de la Joven Viena, una sociedad de escritores que se reunía habitualmente en los cafés de la ciudad, especialmente en el famoso café Griensteidl, uno de los grandes centros culturales de la época.

Salten publicó su primer libro en 1900. Por entonces ya trabajaba como crítico artístico y teatral para la prensa vienesa. Sus columnas, guiones, libretos teatrales y trabajos cinematográficos lo convirtieron en una figura reconocida dentro del panorama cultural europeo.

En 1927 fue elegido presidente de la Sociedad de Escritores de Viena, una organización comprometida con fomentar la colaboración y la buena relación entre autores. Ese mismo año apareció publicada la novela Bambi, que pronto fue traducida a numerosos idiomas y alcanzó una enorme difusión internacional.

En 1933, Disney adquirió los derechos de la obra de Salten, aunque no sería hasta 1942 cuando la película llegaría finalmente al público. Para entonces, la situación en Austria había cambiado radicalmente. El avance del nazismo convirtió la vida de Salten en una amenaza constante, especialmente por su condición de judío y por la fama internacional que había alcanzado.

Detrás de aquel pequeño ciervo que generaciones enteras aprendieron a querer, se escondía la historia de un hombre que también tuvo que enfrentarse a un mundo cada vez más hostil.



    El partido nazi prohibió el libro y organizó su quema en diferentes estados. Para el régimen, la novela Bambi podía interpretarse como una alegoría política sobre la persecución y el trato sufrido por los judíos en Europa, además de representar una visión del ser humano marcada por la vulnerabilidad y las emociones. Por ello, Salten pasó a ser perseguido por la publicación de aquella «peligrosa obra».

Aparentemente, Walt Disney desconocía en gran medida las posibles lecturas simbólicas de la historia. La adaptación cinematográfica transformó profundamente la obra original, modificando la naturaleza y el tratamiento de los personajes, ya que la industria norteamericana estaba más interesada en convertir la fábula en un relato dirigido principalmente al público infantil.

A pesar de esta transformación, la película conserva la sensibilidad, la melancolía y la fuerza emocional que caracterizan a los personajes creados por Salten. La profundidad de la novela es tal que, en algunos círculos estadounidenses, incluso se llegó a relacionar con el ataque a Pearl Harbor y con la pérdida de la inocencia de una nación que hasta entonces se había sentido protegida.

Aunque debemos reconocer que la película dista mucho de la novela original, debido al marcado carácter filosófico del libro, la obra de Salten puede entenderse como un auténtico manual de supervivencia para tiempos difíciles. El bosque, como escenario natural, representa un mundo salvaje donde conviven especies diferentes, todas ellas obligadas a luchar por su existencia y a establecer vínculos de ayuda, respeto y amistad.

Los ciervos representan a aquellos que deben enfrentarse a un enemigo superior, una fuerza externa que amenaza su propia existencia. La novela evoca la experiencia de la exclusión, el miedo y la discriminación. Son los propios ciervos quienes transmiten a sus hijos relatos de sufrimiento y horror, intentando preservar la memoria de lo vivido.

Pocos creen que la convivencia con el ser humano sea realmente posible, y aquellos que confían en esa armonía terminan pagando un precio demasiado alto.

La figura del ciervo ha estado presente en numerosas metáforas artísticas a lo largo de la historia. En la tradición medieval, la caza del ciervo aparece cargada de simbolismo, y en diferentes textos y representaciones se ha relacionado con conceptos como la persecución, la fragilidad y la supervivencia. Incluso dentro de la tradición bíblica aparecen referencias al ciervo como símbolo asociado a distintas cualidades espirituales.




    Salten huyó a Zúrich (Suiza), donde falleció en 1945. Antes de morir tuvo la oportunidad de contemplar la película de Disney, una adaptación que, para su sorpresa, le agradó enormemente.

Con el final de la guerra, los libros de Salten que habían sido condenados a las llamas comenzaron a renacer de entre las cenizas. Bambi había ganado su propia batalla, convirtiéndose en una obra capaz de mostrar a generaciones enteras que, incluso en las circunstancias más adversas, siempre existe la posibilidad de superar el dolor con la ayuda de la naturaleza, la amistad y una voluntad firme de seguir adelante.

Bambi nos recuerda que, después del largo invierno, siempre acaba llegando la primavera.



—¿Mataremos nosotros también un ratón alguna vez? 

—No —replicó la madre. 

—¿Nunca? —preguntó él. 

—Nunca. 

—¿Por qué no? —preguntó Bambi, aliviado. 

—Porque nosotros no matamos nunca —dijo sencillamente la madre 

miércoles, 20 de enero de 2021

La escandalosa cronología del cuadro "El Origen del Mundo" de Courbet


 El Origen del Mundo (1886) 

«Tengo cincuenta años y he vivido siempre en la libertad, así que déjeme terminar mi vida libre y una vez esté muerto, rueguen dejen esto dicho de mí...»

Gustave Courbet


En la planta baja del Musée d’Orsay de París se custodia una de las joyas más incisivas de la pintura moderna. Ni que decir tiene que, tras sortear impresionistas a doquier, uno no deja de sobrecogerse ante la naturalidad casi insolente del lienzo.

Me sucedió junto a mi hija; al descubrirlo, ella, entre el rubor y la sorpresa, lanzó un exclamativo reproche y desvió instintivamente la mirada hacia la zona izquierda de la sala, mucho más amable y sosegada, donde se despliegan los idílicos paisajes del Doubs, la tierra natal de Courbet.

Maravillosamente seductora y cargada de incógnitas, la obra me asaltó con una pregunta inevitable: ¿quién sería la modelo? Me dejé llevar, quizá, por una curiosidad algo morbosa.

Si no me creen, basta con asomarse a la trayectoria del cuadro: un recorrido plagado de escándalos.

Se llamaba Joanna Hiffernan, la amante pelirroja de Courbet; ella es la modelo que ha perpetuado su sexo a la posteridad. Esta es la parte de la historia que ha trascendido, pero, sin duda, existe otra que permanece sumida en el anonimato. Vayamos, pues, a conocerla.



Joanna Hiffernan 


    La historia comienza con Jalil-Bey, embajador turco en París y reconocido coleccionista de arte erótico, quien en 1866 visita el taller del artista. Desea comprar la escandalosa tela titulada Vénus et Psyché, pero esta ya tiene dueño. Esa misma tarde, sin embargo, se cuenta que Jalil-Bey abandonó el estudio de Courbet con El origen del mundo enrollado y oculto bajo el brazo. Su destino: el mismísimo cuarto de baño del embajador, donde permanecería oculto tras un pesado cortinaje verde.

En 1888, la pintura pasó a manos de un marchante llamado De la Narde, quien la exhibía a hurtadillas, solo ante clientes de extrema confianza.

Llegado 1896, su nuevo dueño es Jean-Baptiste Faure, barítono de la Ópera de París. En esta etapa, el lienzo se ocultaba tras otra obra: un paisaje nevado, también de Courbet. Se dice que la esposa del cantante, poco entusiasta ante la afición de su marido de mostrar el cuadro a sus visitas, habría puesto el grito en el cielo de haber conocido su existencia.

Entre 1896 y 1912, la obra transita por destinos insólitos: desde un gobernador civil —tan puritano como pervertido— hasta un ginecólogo que lo utilizaba como reclamo publicitario, terminando, finalmente, expuesta en un burdel de Montmartre.

En 1912, la pieza es adquirida por la prestigiosa galería de Mademoiselle Vial en París. Poco después, la obra sale de Francia, comprada por el coleccionista húngaro François de Hatvany.

Durante la ocupación nazi en Hungría, en marzo de 1944, el cuadro es expoliado. Se debatió su destrucción, pero fue salvado gracias a la intervención del coronel Schweinkopf, quien apeló a la «raza aria» del pintor y al valor material de la pieza, que por entonces ascendía a unos 300.000 dólares. 

Tras la toma de Hungría por el Ejército Rojo en 1945, fue el coronel Tastrov quien se encargó de salvaguardar el cuadro, esta vez aludiendo al carácter revolucionario y anarquista del «camarada» Courbet.

En 1955, Sylvia Bataille (actriz que, curiosamente, protagonizó La regla del juego de Renoir) solicita a su marido, el psicoanalista Jacques Lacan, que adquiera la obra por 1.500.000 francos. El cuadro pasó a presidir las tertulias sobre erotismo y psicoanálisis que regularmente se celebraban en su casa, oculto tras una nueva obra encargada expresamente a su cuñado, André Masson.

No fue hasta 1967 cuando el sexólogo Zwang publicó la primera fotografía de la obra, y hubo que esperar a 1977 para que se reprodujera, por primera vez, en un libro de arte. En 1988, se exhibió al público por primera vez en el Brooklyn Museum of Art de Nueva York.

El 26 de junio de 1995, el ministro de Cultura, Philippe Douste-Blazy, anunció el ingreso de la tela en las colecciones nacionales, aunque —fiel a la historia de tabúes del cuadro— declinó fotografiarse junto a él. Desde entonces, descansa en el Musée d'Orsay de París.

Su última batalla contra la censura llegaría el 11 de marzo de 2019, cuando Facebook, la red social más popular del mundo, etiquetó la imagen como «contenido inadecuado».


Gustave Courbet (1819-1877) 

Le Désespéré 

«El nunca perteneció a escuela alguna, a ninguna iglesia, 
a ninguna institución ni academia. 

A los ojos de todos no procesó ningún sistema ni gobierno, 
excepto el régimen de la libertad »