En la conferencia de ayer hicimos referencia a esta leyenda que, por azar, leímos en París.
Resulta curioso que la figura del rey poeta al-Mutámid y la de su hija se me revelaran tan lejos de Sevilla. Es una historia poco conocida y ausente incluso de los libros locales.
Zaida fue hija de al-Mutámid y casó muy joven con al-Ma’mún, rey de la taifa de Córdoba. Poco después se produjo la invasión almorávide, que avanzó con rapidez desde el sur, pese a la estrecha amistad que unía a al-Mutámid con Alfonso VI.
Córdoba cayó el 26 de marzo de 1091. La lucha fue feroz y al-Ma’mún murió defendiendo la ciudad; los almorávides entraron portando su cabeza como estandarte. Zaida logró refugiarse en el castillo de Almodóvar del Río.
Consciente de que no podía defender Sevilla en solitario, al-Mutámid pidió ayuda a Alfonso VI, quien envió un ejército al mando de Álvar Fáñez. Tras una dura batalla, Zaida fue rescatada y llevada a Toledo. Allí intentó preservar lo más valioso del saber y las artes sevillanas, llenando la corte castellana de poetas y músicos, no sin despertar recelos.
El rey, profundamente enamorado, la tomó por consorte. Zaida era menuda, de fuerte carácter, amante de las artes y de gran elegancia. La tradición la describe hermosa, de ojos verdes.
Alfonso VI no había tenido hasta entonces un heredero varón. Zaida concibió a Sancho y, por amor, se bautizó en Burgos con el nombre de Isabel. El joven estaba destinado a gobernar León, Castilla, Galicia y Portugal, pero fue traicionado y muerto en la batalla de Uclés con apenas catorce años.
Zaida murió poco después, a consecuencia del parto de una niña, sin llegar a conocer la muerte de su hijo. La leyenda afirma que tenía treinta y cuatro años.
Sin heredero, el trono pasó a Urraca I de León. Las luchas internas posteriores retrasaron la Reconquista y propiciaron el nacimiento de Portugal.
Hoy, los restos de Zaida reposan en el monasterio de las Benedictinas de Sahagún, en León, junto a los de Alfonso VI.

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