domingo, 25 de enero de 2026

El cautivo de Alejandro Amenábar

 



Ayer vi El cautivo, película de Alejandro Amenábar, inspirada libremente en un episodio del Quijote y en la propia vida de Miguel de Cervantes.

La impresión que me dejó fue la de un verdadero despropósito, sobre todo viniendo de un director que en su día sorprendió con Ágora o Los otros.

Un guion fácil, extraído de lo más pobre del cómic de aventuras, hace que cualquier parecido con la historia real de Cervantes en Argel sea mera coincidencia.

El decorado, en ocasiones, recuerda más al poblado de Barrio Sésamo que a una ciudad norteafricana del siglo XVI, y algunas escenas están horrorosamente calcadas del Satyricon —o incluso de Las mil y una noches— de Pasolini.

Amenábar nos cuenta su historia —y quizá ahí esté el problema—, porque todo habría funcionado como una película de aventuras si no hubiera metido a Miguel de Cervantes de por medio.

La confusión entre los personajes de Muley Maluco y el Pachá termina por destrozar el relato, relegando a Zoraida, la auténtica protagonista del texto cervantino, a una ensoñación sin peso narrativo, mientras convierte al Pachá en amante del escritor.

Resulta igualmente extraño que las ventanas de la fortaleza del Pachá den al patio de los esclavos, o que los temibles baños de Argel se transformen en espacios idílicos y voluptuosos donde reina la lujuria.

Tampoco falta la gratuidad: se permite el lujo de convertir en transexual a medio reparto —con todos mis respetos al colectivo—, pero relegando el papel de la mujer a un lugar difuso, cuando no directamente inexistente.

El resultado es un destrozo histórico y literario. Y si mencionamos a fray Blanco de Paz —el temible inquisidor que pasó a la historia por el proceso contra fray Luis de León—, mejor callar: aquí queda reducido a un personaje, más cercano a una comedia televisiva que al mínimo rigor histórico.

En definitiva, como película de aventuras podría llegar a funcionar a medias, pero el respeto a la historia y al propio Cervantes brilla por su ausencia.

El colmo llega en la última escena, cuando el escritor alcanza Valencia y es incapaz de percibir los molinos de viento de La Mancha.

No se le niega la visión: se manipula la realidad. Y en esa manipulación se desactiva el núcleo mismo de su literatura, la capacidad de transformar lo real en símbolo.
Esa licencia poética no solo traiciona la biografía, sino que falsea el origen de una mirada literaria única. Convertir ese momento en una omisión es vaciar de sentido al autor que hizo de la realidad un campo de batalla entre lo que es y lo que se imagina.

Más que una adaptación libre, lo que queda es una reescritura caprichosa que confunde audacia con distorsión y termina por desfigurar al Príncipe de los Ingenios.

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