martes, 20 de diciembre de 2022
La Sevilla de hace cien años
domingo, 18 de diciembre de 2022
La caricia de las olas
martes, 13 de diciembre de 2022
La leyenda del «Bateau Lavoire», el barco lavadero.
sábado, 10 de diciembre de 2022
Amistad, ese sentimiento en peligro
jueves, 8 de diciembre de 2022
Madeleine, la princesa azul.
martes, 6 de diciembre de 2022
Diario de abordo; de Monesterio a Charlotte Salomón
Mañana de ayer a tope, cerrando presentaciones de La Luna en el Sauce. Hoy marcho para Lebrija invitado por la corporación municipal para asistir a los actos del aniversario de Elio Antonio de Nebrija. Intentaré poner fecha a una presentación crucial; el lugar donde todo comienza.
Monesterio sigue resistiéndose, parece que hay municipios en España que les cuesta enfrentarse con su pasado, aunque en el libro haya sido reflejado de la manera más suave posible.
Estoy muy contento, me llegan mensajes de gente que ha leído el libro impresionadas. Dicen que merece una serie de televisión, a lo que contesto que merece que se recuerde.
En casa, comprobé la cantidad de fotos que me habían mandado desde Glastonbury, el mar de la niebla sigue manifestándose, como en las antiguas leyendas; el reino de Avalon regresa al mundo; ese país de las hadas que tanto enriquece mi imaginación.
Luego, tras poner un poco de orden en los archivos, comencé a trabajar una vieja escultura. El “Land Art” me devuelve a la vida y, sin duda, el contacto con la naturaleza sana cualquier conflicto mental; eso sí, me dio pena que no lloviese.
Tal como manifesté ayer volvimos a visualizar la película “A años luz”, que, desde luego, remasterizada parece otra. Creo que la última vez que la vi fue en una cinta VHS; un templo para quienes beben de la espiritualidad y, desde luego, no apto para cualquiera.
Hoy amanece con fuerza y me mandan una versión animada de la vida de Charlotte Salomón, la dejaré para esta noche y conforme pase el día recordaremos a la desafortunada artista. Tengo algo escrito sobre ella en el blog.
Que os vaya bien el día y disfrutéis de todo cuanto esté a vuestro alcance.
lunes, 5 de diciembre de 2022
Un cabaret llamado; «Au Lapin Agile».
domingo, 27 de noviembre de 2022
El puzle de La Luna en el Sauce
viernes, 25 de noviembre de 2022
La niña ciega
martes, 22 de noviembre de 2022
Cartas de Simone (París 1907-1919)
lunes, 21 de noviembre de 2022
«Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen».
«Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen».
domingo, 20 de noviembre de 2022
Molletes
Me van hacer falta, y muchos. Se avecinan tormentas y trabajo por un tubo.
Estos son de Puerto Serrano, de pan muy blanco y blando; a diferencia del marchenero. Quizás vengan mejor y así no me atraganto.
Nuevo proyecto a la vista; participar en la elaboración de un libro donde se hable de los beneficios de la escritura, perteneciente a la colección «Quince miradas».
Abordaré el tema de la sanación terapéutica a través de la escritura. Exploraré métodos y, por supuesto que iniciaré el ensayo desde la perspectiva histórica, aunque advierto que en cuanto me he asomado al mito griego me han entrado unos vértigos tremendos; y más siendo conocedor de la influencia de estos en la psicología freudiana.
En fin, que hay trabajito por delante.
Hoy toca cerrar puertas, y luego algo de distensión por mi parte.
Queda poco tiempo para las presentaciones de la Luna en el Sauce, apenas hay lugar en el calendario, un par de ellas y a otra cosa mariposa.
Denoto un tremendo desinterés por la lectura en la sociedad que me rodea, un discernir sin conocimiento de la causa y es que en este país hay "overbooking" de expertos en la barra de un bar.
Pero la vida sigue y Thyrsá empuja de nuevo con la llegada del frío.
Ha llegado el otoño y con ello el deshojarse de golpe, y yo, conociéndome, evadiré cuanto pueda el compromiso; aún a sabiendas que cumpliré de sobras y mi piel se llenará de nuevos de palabras escritas, como en aquel lejano día, precisamente del mejor otoño, en el que subscribimos un poema sobre nuestro pecho.
martes, 15 de noviembre de 2022
Marchena. 32 Años. Dulce hogar.
Llegué a Marchena hace aproximadamente treinta y dos años. Recuerdo que, ese día, hacía un frío tremendo y lo primero que hice fue pedirme una copa de anís. Desgraciado de mí, que pensaba que me iban a poner Anís del Mono o Castellana.
No, nada de eso.
De pronto, mi garganta se convirtió en la de un dragón —de esos que salen en televisión—, y si hubiese tenido una chiquilla delante, como en la serie, sin duda la habría chamuscado, ahorrándole el dinero del láser y demás depilados.
Entendí desde el principio que, en Marchena, y por mucha agua que recorran sus subterráneos, habitaba un fuego muy hondo y profundo.
Ese fue solo el principio. Pasados unos días, descubrí un barrio que me ganó por entero. Se encontraba prácticamente en ruinas; le decían el de San Juan y, como en otros lugares mágicos, el tiempo parecía haberse detenido.
Paseé por algunos de sus notables edificios, como la plaza Ducal, que me dio la sensación de formar parte del decorado de una de esas películas del neorrealismo italiano.
Era muy temprano, hacía un frío tremendo y solo se oía el sonido de unos grajos negros. Crucé un portalón antiquísimo y ascendí hasta un convento en el que compré mazapán con forma de frutas. Luego me enteré de que allí se confinó San Juan de la Cruz para dar vida a uno de los manifiestos más grandes de la poética castellana: su Cántico Espiritual.
Recorrí sus calles y me deleité con su pastelería —única en el mundo— de origen claramente mozárabe.
En esos primeros días me empapé de Marchena, y todas las señales me decían que, por fin, había encontrado una casa, un hogar.
Me sorprendieron algunas palabras de uso común y que no aparecían en diccionario alguno: palabras heredadas de padres a hijos, susurros que cruzan devenires y heridas, conformando un lenguaje vivo en el tiempo, pero jamás transcrito.
Escuché cante antiguo en las tabernas —cante de verdad, no simulado— y me di cuenta de que Marchena se hallaba apartada de la vía principal que vertebra Andalucía. Por lo tanto, la vida se manifestaba allí en un orden distinto al que rige en otros lugares.
Olor a churros por las mañanas, café, panaderías que mantienen la receta centenaria de unos molletes que no se exportan, pero que conservan aquella fórmula que alimentó a romanos y andalusíes.
Marchena pertenece a otro sistema, a otra manera de pensamiento o de entender la vida; llámese como se quiera.
En Marchena, el péndulo de Foucault —el mismo que inspiró a Umberto Eco— se mece al son de unas nanas antiguas, al grito de conquistas, con todo el dolor que estas conllevan. Allí los segundos se confunden con horas, los días con años y estos con los siglos; y por más que se empeñen, estoy seguro de que así sucederá hasta el fin de los tiempos.
Marchena es un río de agua que siente, a pesar de todo el fuego que lleva por dentro.
lunes, 14 de noviembre de 2022
La casita de las calabazas
«Un sendero antiguo, un bosque que respira y la certeza de que todavía quedan lugares donde lo imposible sucede».
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