El día de ayer, me deparó un viaje inesperado a Setenil de las Bodegas. Comí bajo una de sus grandes rocas, paseé por sus intrincadas calles y descubrí frases afortunadas en sus esquinas. Fue una verdadera sorpresa encontrarme con una línea de Rayuela, de Julio Cortázar:
«Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos».
Tomé café mirando hacia la sierra de Ronda, para mí uno de los lugares más hermosos de la tierra. Y el día apenas dio tiempo para más.
Ya por la noche, al fin pude ver la película animada que recomendé hace unos días, dedicada a Charlotte Salomon. Desgarradora y, al mismo tiempo, profundamente sensible; nostálgica, evocadora.
Quienes me seguís conocéis mi admiración por la pintora.
No es una película para “pasar el rato”. Es una obra de conciencia, de rebeldía y de ganas de seguir viviendo.
Quizá por eso la frase de Cortázar volvió a mí al terminarla. Porque a veces creemos que los días son casuales, pero algo en ellos se va buscando en silencio: un paisaje, una palabra en una esquina, una historia que duele… y que, sin saberlo, nos encuentra.
Terminaría expresando aquella frase de Julio Anguita tras la muerte de su hijo:
«Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen».


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