Llegué a Marchena hace aproximadamente treinta y dos años. Recuerdo que, ese día, hacía un frío tremendo y lo primero que hice fue pedirme una copa de anís. Desgraciado de mí, que pensaba que me iban a poner Anís del Mono o Castellana.
No, nada de eso.
De pronto, mi garganta se convirtió en la de un dragón —de esos que salen en televisión—, y si hubiese tenido una chiquilla delante, como en la serie, sin duda la habría chamuscado, ahorrándole el dinero del láser y demás depilados.
Entendí desde el principio que, en Marchena, y por mucha agua que recorran sus subterráneos, habitaba un fuego muy hondo y profundo.
Ese fue solo el principio. Pasados unos días, descubrí un barrio que me ganó por entero. Se encontraba prácticamente en ruinas; le decían el de San Juan y, como en otros lugares mágicos, el tiempo parecía haberse detenido.
Paseé por algunos de sus notables edificios, como la plaza Ducal, que me dio la sensación de formar parte del decorado de una de esas películas del neorrealismo italiano.
Era muy temprano, hacía un frío tremendo y solo se oía el sonido de unos grajos negros. Crucé un portalón antiquísimo y ascendí hasta un convento en el que compré mazapán con forma de frutas. Luego me enteré de que allí se confinó San Juan de la Cruz para dar vida a uno de los manifiestos más grandes de la poética castellana: su Cántico Espiritual.
Recorrí sus calles y me deleité con su pastelería —única en el mundo— de origen claramente mozárabe.
En esos primeros días me empapé de Marchena, y todas las señales me decían que, por fin, había encontrado una casa, un hogar.
Me sorprendieron algunas palabras de uso común y que no aparecían en diccionario alguno: palabras heredadas de padres a hijos, susurros que cruzan devenires y heridas, conformando un lenguaje vivo en el tiempo, pero jamás transcrito.
Escuché cante antiguo en las tabernas —cante de verdad, no simulado— y me di cuenta de que Marchena se hallaba apartada de la vía principal que vertebra Andalucía. Por lo tanto, la vida se manifestaba allí en un orden distinto al que rige en otros lugares.
Olor a churros por las mañanas, café, panaderías que mantienen la receta centenaria de unos molletes que no se exportan, pero que conservan aquella fórmula que alimentó a romanos y andalusíes.
Marchena pertenece a otro sistema, a otra manera de pensamiento o de entender la vida; llámese como se quiera.
En Marchena, el péndulo de Foucault —el mismo que inspiró a Umberto Eco— se mece al son de unas nanas antiguas, al grito de conquistas, con todo el dolor que estas conllevan. Allí los segundos se confunden con horas, los días con años y estos con los siglos; y por más que se empeñen, estoy seguro de que así sucederá hasta el fin de los tiempos.
Marchena es un río de agua que siente, a pesar de todo el fuego que lleva por dentro.

Preciosa forma de describir un lugar que sin dudas, te alberga. Siempre estará en tí, al fin y al cabo, treinta años, son treinta años. Besos :D
ResponderEliminarSi, soy y he sido muy feliz en Marchena. Ya doblo el tiempo de estancia en el lugar que nací.
EliminarQue bello que hayas encontrado tu hogar!!
ResponderEliminarHermoso lugar😊
Lo encontré, nada más llegar lo supe.
EliminarGracias.