lunes, 14 de noviembre de 2022

La casita de las calabazas





«Prefiero en mi casa tomate o calabaza,

que en la de otros becada de caza»


Refrán popular


«Un sendero antiguo, un bosque que respira y la certeza de que todavía quedan lugares donde lo imposible sucede».


Hoy toca trabajar, lo que se agradece de antemano. Así, al menos, esta cabeza descansará de tantos proyectos.

Os traigo una foto que tiene sus años. La llamábamos «La Casita de las Calabazas”» cuando mis hijas eran pequeñas, y su nombre se debía a que el sendero que llegaba hasta ella estaba sembrado de unas enormes y gordinflonas calabazas.

Si se sigue el camino andando, uno se topa, casi enfrente de la casa, con un crucero de piedra que deberá de tener muchos años, y con un bosque encantado en cuyas profundidades apenas alcanzan los rayos del sol.

Si somos capaces de atrevernos y aventurarnos en su interior, podemos percibir abejarucos de colores, conejos, una antigua muralla que antaño hubo de rodear el bosque, e incluso oír una música cuyo origen resulta imposible de adivinar.

En el interior del bosque, y justo en su centro, hay una montaña que desde fuera es imposible percibir. Grandes raíces la rodean, dificultando su escalada. «Allí deben de habitar la buena gente del otro mundo; está más claro que el agua», le decía, inocentemente a mis hijas.

Hace unos años, el señor cura de la iglesia —esa que asoma junto al bosque— me mostró unas extrañas piedras que debieron de pertenecer al ventanal de un viejo palacio.

Lo que sí puedo dar por cierto es que jamás pasaría una noche bajo el pórtico de dicha iglesia, dado que está rematado por una enorme cabezota de piedra de la que cuelga una larga y desagradable lengua rojiza.

También está el cementerio, pero ese apenas incomoda. Es como si formara parte de la atmósfera, o de la escena de una película de Tim Burton. Además, apenas hace ruido: el silencio en su interior es sepulcral, nunca mejor dicho.

Sin embargo, quienes sí reclaman su presencia son los gigantescos robles y castaños que rodean el recinto. Estos silban al atardecer, ofreciendo un sonido ancestral de cuando los árboles se comunicaban entre ellos y entonaban baladas felices. Aquellos tiempos en que el hombre respetaba el misterio y la vida era considerada con respeto y, a la vez, con una tremenda osadía.

2 comentarios:

  1. Eres mágico para relatar de eso no caben dudas.
    Feliz semana!

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    1. La magia me tira, la llevo grabada en los poros de mi piel.

      Besos Búhos...

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