domingo, 25 de enero de 2026

Un año en La Virtud por Isamar Cabeza

 



Muchas veces la vida es un macabro baile de disfraces en el que las máscaras ocultan algo más que un mero rostro…

«Un año en la Virtud» es un oasis, un viaje extremo en la montaña rusa más arriesgada que pueda existir, las dos caras de la misma moneda, el blanco y el negro en un estado hermético, en una fusión imposible que no puede dar lugar a ninguna tonalidad de grises.

Llega de la mano del autor de «La luna en el Sauce», Ricardo Reina Martel, una novela cargada de magia ancestral, sabiduría y sabor a tierra, a raíces poderosamente presentes. Esta novela implica un paso más allá de lo establecido, una visión temeraria, valiente y exitosa. Supone, desde la primea página a la última, un grito en medio de la nada para satisfacer a aquellos que no pueden gritar, una palmada en la mesa que hace que caigan los vasos, es una reivindicación, un deseo de hacer justicia, es un acto compasivo cargado de empatía.

«Un año en la Virtud» es una historia frenética, internarse en su lectura es como subirse a un coche sin imaginar que puede pasar de cero a cien en menos que canta un gallo, es una miscelánea intercultural que enriquece, que asombra y nos hace crecer.

Sumergirse en sus páginas es como comenzar un paseo por un bello bosque para terminar bajando a lo más profundo de la psique humana sin ser conscientes de ello.
Y en medio de esta colosal vorágine aparece un nombre que hace honor a su situación, Soledad. Ella es una más, pero a la vez epicentro de todo el movimiento, piedra angular de una historia escalofriante y tierna, demoledora y a la vez retrato fiel de lo que el ser humano es capaz de hacer por conseguir sus objetivos.

«Un año en la Virtud» es una obra escrita con mimo, con un lenguaje que sabe amoldarse a las situaciones, ameno y cercano en boca de sus personajes, esto la hace ser humilde a la vez que grandiosa.
En esta, su última obra publicada, Ricardo Reina ha sabido mostrar la miseria humana de manera magistral, cortándonos el aliento en más de una ocasión y dejándonos deseosos de una segunda parte.

El cautivo de Alejandro Amenábar

 



Ayer vi El cautivo, película de Alejandro Amenábar, inspirada libremente en un episodio del Quijote y en la propia vida de Miguel de Cervantes.

La impresión que me dejó fue la de un verdadero despropósito, sobre todo viniendo de un director que en su día sorprendió con Ágora o Los otros.

Un guion fácil, extraído de lo más pobre del cómic de aventuras, hace que cualquier parecido con la historia real de Cervantes en Argel sea mera coincidencia.

El decorado, en ocasiones, recuerda más al poblado de Barrio Sésamo que a una ciudad norteafricana del siglo XVI, y algunas escenas están horrorosamente calcadas del Satyricon —o incluso de Las mil y una noches— de Pasolini.

Amenábar nos cuenta su historia —y quizá ahí esté el problema—, porque todo habría funcionado como una película de aventuras si no hubiera metido a Miguel de Cervantes de por medio.

La confusión entre los personajes de Muley Maluco y el Pachá termina por destrozar el relato, relegando a Zoraida, la auténtica protagonista del texto cervantino, a una ensoñación sin peso narrativo, mientras convierte al Pachá en amante del escritor.

Resulta igualmente extraño que las ventanas de la fortaleza del Pachá den al patio de los esclavos, o que los temibles baños de Argel se transformen en espacios idílicos y voluptuosos donde reina la lujuria.

Tampoco falta la gratuidad: se permite el lujo de convertir en transexual a medio reparto —con todos mis respetos al colectivo—, pero relegando el papel de la mujer a un lugar difuso, cuando no directamente inexistente.

El resultado es un destrozo histórico y literario. Y si mencionamos a fray Blanco de Paz —el temible inquisidor que pasó a la historia por el proceso contra fray Luis de León—, mejor callar: aquí queda reducido a un personaje, más cercano a una comedia televisiva que al mínimo rigor histórico.

En definitiva, como película de aventuras podría llegar a funcionar a medias, pero el respeto a la historia y al propio Cervantes brilla por su ausencia.

El colmo llega en la última escena, cuando el escritor alcanza Valencia y es incapaz de percibir los molinos de viento de La Mancha.

No se le niega la visión: se manipula la realidad. Y en esa manipulación se desactiva el núcleo mismo de su literatura, la capacidad de transformar lo real en símbolo.
Esa licencia poética no solo traiciona la biografía, sino que falsea el origen de una mirada literaria única. Convertir ese momento en una omisión es vaciar de sentido al autor que hizo de la realidad un campo de batalla entre lo que es y lo que se imagina.

Más que una adaptación libre, lo que queda es una reescritura caprichosa que confunde audacia con distorsión y termina por desfigurar al Príncipe de los Ingenios.

jueves, 8 de enero de 2026

La Leyenda de Zaida, la hija de Al-Mutamid

 


    En la conferencia de ayer hicimos referencia a esta leyenda que, por azar, leímos en París. 

Resulta curioso que la figura del rey poeta al-Mutámid y la de su hija se me revelaran tan lejos de Sevilla. Es esta una historia poco conocida y ausente incluso de los libros locales.

Zaida fue hija de al-Mutámid y se casó muy joven con al-Ma’mún, rey de la taifa de Córdoba. 

Poco después se produjo la invasión almorávide, que avanzó con rapidez desde el sur, pese a la estrecha amistad que unía a al-Mutámid con Alfonso VI.

Córdoba cayó el 26 de marzo de 1091. La lucha fue feroz y al-Ma’mún murió defendiendo la ciudad; los almorávides entraron portando su cabeza como estandarte. Zaida logró refugiarse en el castillo de Almodóvar del Río.

Consciente de que no podía defender Sevilla en solitario, al-Mutámid pidió ayuda a Alfonso VI, quien envió un ejército al mando de Álvar Fáñez hacia Almodovar del Río. 

Tras una dura batalla, Zaida fue rescatada y llevada a Toledo. Allí intentó preservar lo más valioso del saber y las artes sevillanas, llenando la corte castellana de poetas y músicos, no sin despertar recelos.

El rey, profundamente enamorado, la tomó por consorte. Zaida era menuda, de fuerte carácter, amante de las artes y de gran elegancia. La tradición la describe hermosa, de ojos verdes.

Alfonso VI no había tenido hasta entonces un heredero varón. Zaida concibió a Sancho y, por amor, se bautizó en Burgos con el nombre de Isabel. 

El joven estaba destinado a gobernar León, Castilla, Galicia y Portugal, pero fue traicionado y muerto en la batalla de Uclés con apenas catorce años.

Zaida murió poco después, a consecuencia del parto de una niña, sin llegar a conocer la muerte de su hijo. La leyenda afirma que tenía treinta y cuatro años.

Sin heredero, el trono pasó a Urraca I de León. Las luchas internas posteriores retrasaron la Reconquista y propiciaron el nacimiento de Portugal.

Hoy, los restos de Zaida reposan en el monasterio de las Benedictinas de Sahagún, en León, junto a los de Alfonso VI.