jueves, 11 de diciembre de 2025

Pizarnik y Cortázar frente al abismo





La última carta de Alejandra Pizarnik a Julio Cortázar un año antes de su muerte.


La correspondencia entre Alejandra Pizarnik y Julio Cortázar constituye uno de los documentos más conmovedores y brutales de la literatura hispanoamericana. No es solo el diálogo entre dos grandes escritores: es el testimonio de dos almas que se reconocen, se necesitan y, en cierto modo, se sostienen en medio de una época marcada por la inestabilidad emocional, la búsqueda estética y el peso de la propia conciencia.


Carta de Pizarnik a Cortázar


Julio, fui tan abajo. Pero no hay fondo.

Julio, creo que no tolero más las perras palabras. La locura, la muerte. Nadja no escribe. Don Quijote, tampoco.

Julio, odio a Artaud (mentira) porque no quisiera entender tan sospechosamente bien sus posibilidades de la imposibilidad.

Me excedí, supongo. Y he perdido, viejo amigo de tu vieja Alejandra que tiene miedo de.todo salvo (ahora, ¡Oh, Julio!) de la locura y de la muerte. (Hace dos meses que estoy en el hospital.

Excesos y luego intento de suicidio (que fracasó, hélas).


P.D. En el hospital aprendo a convivir con los últimos desechos. Mi mejor amiga es una sirvienta de 18 años que mató a su hijo.


—Alejandra.



Carta de Cortázar a Pizarnik.

París, 9 de septiembre de 1971.


Mi querida, tu carta de julio me llega en septiembre, espero que entre tanto estás ya de regreso en tu casa. Hemos compartido hospitales, aunque por motivos diferentes; la mía es harto banal, un accidente de auto que estuvo a punto de. Pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza –y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte.


Quiero otra carta tuya, pronto, una carta tuya. Eso otro es también vos, lo sé, pero no es todo y además no es lo mejor de vos. Salir por esa puerta es falso en tu caso, lo siento como si se tratara de mí mismo. El poder poético es tuyo, lo sabes, lo sabemos todos los que te leemos; y ya no vivimos los tiempos en que ese poder era el antagonista frente a la vida, y ésta el verdugo del poeta. Los verdugos, hoy, matan otra cosa que poetas, ya no queda ni siquiera ese privilegio imperial, queridísima. Yo te reclamo, no humildad, no obsecuencia, sino enlace con esto que nos envuelve a todos, llámale la luz o César Vallejo o el cine japonés: un pulso sobre la tierra, alegre o triste, pero no un silencio de renuncia voluntaria.


Sólo te acepto viva, sólo te quiero Alejandra.


Escríbeme, coño, y perdona el tono, pero con qué ganas te bajaría el slip (¿rosa o verde?) para darte una paliza de esas que dicen te quiero a cada chicotazo.


jueves, 27 de noviembre de 2025

Siempre quedará París

 


    No sé por qué, pero para mí la ciudad de París siempre ha sido el lugar perfecto para celebrar principios. Un espacio donde a uno le gustaría tener muchos amigos y pasear sin rumbo, dejándose sorprender por cada esquina.

Es una ciudad ideal para captar el ritmo de la vida. Quizá sea esa miscelánea de personas, esa mezcla en la que uno puede encontrar de todo, lo que hace que alguien como yo halle su propio refugio. París es un sitio perfecto para perderse, para pasar desapercibido y, al mismo tiempo, descubrirse a uno mismo.

Me fascina deambular por sus calles, como Cortázar con la Maga, buscando ese pequeño tesoro del día: ese instante inesperado que podría ser cualquier cosa.

Recuerdo un bar en la Rue Saint-Honoré donde me encontré con el personal más peculiar que uno pueda imaginar. Sus vestimentas parecían salidas de una película de George Lucas más que de cualquier rincón conocido.

También recuerdo aquella calle larguísima y un balcón abierto, como un verso de Lorca. Desde dentro se veía a una joven probándose un largo vestido blanco, mientras una modista marcaba sus formas. Todo envuelto en esa irrealidad tan propia de París, donde las cosas nunca son del todo lo que parecen.

París es una ciudad mágica a la que uno necesita regresar de vez en cuando, quizá para recordar que el mundo no es tan sólido como aparenta.

Muy pronto —si todo marcha bien— volveré a ella. Beberé del tiempo que ya pasó y que, tal vez, nunca fue como nos lo contaron. Recorreré los lugares de siempre, cargados de historias, y brindaré por Hemingway, Joyce o Modigliani, esas figuras que susurraron relatos increíbles, de los que ya no suceden hoy.

París siempre es una iniciación, un principio, un resorte indispensable para seguir escribiendo.

Un lugar donde el tiempo parece detenerse y cualquier revolución es posible, incluso la de encontrarse a uno mismo.

viernes, 3 de octubre de 2025

María Moliner en el recuerdo


Anoche, mientras regresaba a casa, escuché un programa de radio que hablaba sobre María Moliner.
Iba conduciendo en silencio, con la noche pegada a los cristales, y sentí que su historia me acompañaba como una vieja melodía que uno no sabe de dónde recuerda.

Decían que, siendo apenas una niña, María consiguió sacar adelante a su familia tras la marcha del padre.
Daba clases de latín, matemáticas e historia en su propia casa, entre cuadernos y libros prestados, con la firmeza de quien entiende que la palabra puede salvar.

Ratoncita de biblioteca —como ella misma se definía—, dejaba que sus sueños se perdieran entre anaqueles interminables y pasillos de polvo y silencio.
María adoraba los libros, amaba el léxico, y por encima de todo: la palabra.

En 1921 se licenció en Zaragoza, en la especialidad de Historia, con las máximas calificaciones y premio extraordinario.

Su nombre comenzó a escribirse en mayúsculas cuando ingresó en la Biblioteca Nacional y más tarde en el Archivo General de Simancas.
Fue también la primera mujer en impartir clases en la Universidad de Murcia.

Durante la Segunda República colaboró con la Institución Libre de Enseñanza y participó en aquel sueño colectivo de las Misiones Pedagógicas, llevando libros y esperanza a los rincones más humildes del país.

Se empeñó en fundar una biblioteca en cada pueblo —más de 5.500 logró levantar— hasta que la guerra apagó la voz de los maestros.

Después llegó la sombra: la depuración franquista, el silencio impuesto.

Pero María no se rindió.

Ya hablaba alemán e inglés, y en su casa, refugiada en una mesa camilla, comenzó la obra de su vida: el Diccionario del uso del español, su propio universo de palabras, tejido a mano durante quince años.


A fuerza de tesón y de amor por la lengua, volvió al mundo de los libros como directora de la Biblioteca de la Escuela Técnica de Ingenieros Industriales de Madrid, donde trabajó hasta su jubilación en 1970.
Fue entonces cuando el Ministerio de Educación y Ciencia reconoció su legado con la Orden Civil de Alfonso X el Sabio.

María Moliner falleció en Madrid, en 1981.
Pero su nombre, como las palabras que tanto cuidó, sigue vivo.

Hoy he querido recordarla.

Porque a veces, en medio del ruido, conviene volver a quienes hicieron de la palabra una forma de resistencia, de belleza y de verdad.

jueves, 18 de septiembre de 2025

Mascarada, manual de supervivencia digital


Creo que soy de los más antiguos por aquí, de los primeros en Facebook. Desde entonces hemos aprendido este arte de comunicarnos en la red.

Apenas uso Messenger —lo detesto—; lo intenté con Twitter, pero salí horrorizado por los insultos y la desfachatez que allí se vertían. Instagram está bien y de vez en cuando entro, pero al ser sobre todo visual, y lo mío ser contar cosas, decidí quedarme aquí.

Dentro de esta red hay de todo y, por supuesto, constantemente hay que sanear; cuestión que no me agrada, pero que, si uno quiere seguir mínimamente cuerdo, es necesaria.

Están las listillas y los listillos: esos que se creen dueños de la verdad absoluta y no paran de largar sermones morales. En la vida real suelen ser, paradójicamente, todo lo contrario y bastante degenerados.

Están quienes comparten citas, casi siempre falsas. Las que atribuyen al Principito o al Quijote. Suelen ser poco dados a la lectura, porque si lo fueran detectarían enseguida la falsedad. Van de «rollo progre-cultural» y, si te pillan en un bar, te arruinan la tarde.

Luego están los del mundo yupi: todo color de rosa y felicidad absoluta, sonrientes y saltarines. Pero, por lógica, se tienen que sentir más solos que la una.

Y los politiquillos… esos que intentan demostrar que tú eres tonto y ellos los listos. Son los más desubicados: cambian de equipo como si jugaran al futbolín.

No faltan los religiosos y religiosas: pelmazos de primera, con una rigidez mental tremenda. Pero, si les dices que eres budista tibetano y crees en el amor libre, te salvas del sermón seguro.

También están los que rebaten tus mensajes con un copia-pega, como si fueran doctorados en cualquier materia. Un auténtico coñazo, porque rompen el hilo de la conversación.

Los que lo cuentan todo, a todas horas. Yo los llamo «los locutores».

Y, cómo no, los que nos bombardean con tragedias: accidentes, erupciones, asesinatos y todo tipo de morbosidad. Altamente tóxicos: mejor salir corriendo y bloquearlos.

Luego están los «compartidores profesionales». Para ellos, Facebook es como la tienda del chino de la esquina: todo vale.

Y aunque la lista sería interminable, no quiero irme sin mencionar a los psicópatas tipo Joker. Estos, se esconden tras una máscara y se permiten insultar a diestro y siniestro. Son los más cobardes: gente baja, sin escrúpulos, de un mal gusto inimaginable. En la vida real suelen ir con gafas de colores —lo sé por experiencia—, hablan sin propiedad y con un pésimo sentido del humor. Incapaces de mostrarse tal cual, viven presos de un narcisismo neurótico. Para mí, son los más penosos de todos.

Ahora, se han sumado unos tipos curiosos: te hablan de democracia y son más fascistas que Queipo de Llano.

En fin… la lista sería interminable.

Aviso: en mi Facebook suelo dar una imagen prudente y educada. Pero no te fíes: en la vida real no soy así.

jueves, 19 de junio de 2025

Sombra y Luz

 



Jung decía “Nadie se ilumina fantaseando figuras de luz, sino haciendo consciente su oscuridad”.

Siempre me han atraído las sombras, ese espacio sin definir que, al mismo tiempo, genera desconcierto y exige al ojo —y al alma— imaginar lo que se esconde detrás. 

En la penumbra, todo adquiere una densidad distinta: los contornos se diluyen, el tiempo parece suspenderse, y el silencio se vuelve materia.

Quizá por eso me resulta tan sugerente trabajar con la luz como si fuera arcilla, moldearla apenas, dejar que la sombra diga lo que la claridad calla. En el fondo, toda imagen es una negociación entre lo que mostramos y lo que decidimos velar.

Nos vemos obligados a construir nuestra propia realidad a partir de lo que percibimos, aunque esa percepción esté siempre incompleta, subjetiva, frágil. No hay garantías de verdad. Solo fragmentos, intuiciones, símbolos. Como en los cuentos.

Recuerdo El hombre de arena, de Hoffmann, con ese juego entre miedo, deseo y alucinación. Recuerdo a Caperucita atravesando el bosque, ese arquetipo universal de tránsito hacia lo desconocido. Y recuerdo —con especial ternura y vértigo— a Harry Haller, el lobo estepario, perdido en sus noches interiores, donde la oscuridad no era amenaza, sino un escenario propicio para el encuentro con uno mismo.

La oscuridad tiene su propio lenguaje. Su belleza. Su ley. Como lo expresó Shakespeare con cruda dulzura: “Si debo morir, encontraré a la oscuridad como a una novia y la estrecharé entre mis brazos”.

Creo que todos, en algún momento de la vida, necesitamos ese abrazo. No para perdernos, sino para descubrir desde dónde queremos volver.

Y es ahí donde aparece la fotografía, ese arte que no teme a la sombra. Que, más bien, la abraza. Que la necesita. Porque sin ella, sin su espesor, no habría profundidad, ni contraste, ni emoción.

Si alguien se atreve —y esto no es metáfora—, que me lo diga. Nos aventuraremos juntos en una profunda oscuridad. Cámara en mano, mirada abierta, sin miedo.

P. D.: Hablo de fotografía. Que a nadie se le escape el pensamiento… aunque, obviamente, es libre de hacerlo.


viernes, 6 de junio de 2025

Las hijas de Adán, de Isamar Cabeza



Hoy quiero invitarles a adentrarse en una historia poderosa. Una obra que no solo nos convoca por su extensión —que también—, sino por la profundidad, la hondura emocional y la fuerza de sus personajes. Hablamos de Las hijas de Adán, de Isamar Cabeza.

Ecos de grandes novelas

Para situar esta novela en el mapa literario, podríamos buscar parentescos con otras grandes obras de estructura coral, protagonismo femenino y fuerte anclaje histórico:

Los pazos de Ulloa, de Emilia Pardo Bazán, nos habla del lugar de la mujer en una España patriarcal y rural.

La Regenta, de Leopoldo Alas “Clarín”, muestra el conflicto entre deseo y moral religiosa.

El corazón helado, de Almudena Grandes, con su saga familiar atravesada por la memoria colectiva.

Inés del alma mía, de Isabel Allende, donde una mujer desafía su tiempo.

El origen: Cádiz, 1810

La historia comienza en Cádiz, un 25 de diciembre. Doña Pepa, con apenas 16 años, se sienta en el primer banco de una iglesia.

«Una frontera invisible e infranqueable los separaba como clases sociales, casi como especie».

Estamos en pleno asedio napoleónico. Cádiz, símbolo de resistencia y cuna de La Pepa, la Constitución de 1812. Un escenario perfecto para arrancar una saga de mujeres valientes.


Mujeres que resisten

A lo largo de la novela, las mujeres entran y salen de escena. Los hombres... se ausentan, se pierden, se desvanecen. Aquí no hay complacencia con la mirada masculina. Esta es una novela de decisiones tomadas desde el dolor, desde lo inevitable.

Y sin embargo, brota la fuerza. Lo indemne. Lo que brilla incluso en la sombra.

Masculinidad sensible

Los hombres buenos, en esta historia, también existen. Pero son distintos. Sensibles, vulnerables, disidentes de la norma.

«¡Había deseado tanto encontrarlo y matarlo con sus propias manos...!»

«El barbero más alegre de Cádiz yacía en el suelo, bocarriba... rodeado por gatos en su soledad más extrema».

Espiritualidad, consuelo y aromas

La espiritualidad también se abre paso. Como Pura, que se convierte en Caridad. O Manuela, que encuentra refugio en sor Lucía.

Y si hay algo que destaca en esta novela es el aroma. Esta es una obra que huele.

Huele a letargo, a café, a mar, a lavanda, a azufre. A jazmín y castañas asadas. A leche caliente y a sábanas limpias.

Los sabores, sin embargo, son más ásperos: purgantes, hiel, dureza. Hasta que aparece Jorge, y con él, la ternura.


La cocina, espacio de identidad

En la cocina, las mujeres se reencuentran. Es un espacio de redención y memoria. Y también de herencia:

«Doña Pepa apareció en la cocina toda vestida de blanco, radiante. Podía confundirse con una virgen de altar...».

Amor improbable, amor verdadero

La novela transita entre Cádiz, Sevilla y aldeas escondidas. En ese camino, germinan los amores improbables.

Como el de Constanza y Germán. Ella convertida en hombre. Él, reconociéndose mujer. Y ambos, reconociéndose el uno en el otro.

«Su amistad se convirtió en un poderoso bastión sobre el que ambos se apoyaban...».

Y mientras tanto...

Los franceses, Pepe Botella, los bandoleros, las epidemias... Y siempre: el río, la catedral y el mar.

Isamar Cabrera escribe con prosa limpia, directa, emocionante. No busca adornos: cuenta, y al contar, nos conmueve.

Una novela que sana

No es una novela más. Es un camino de sanación. De identidad. De salvación.

Y detrás de cada línea, de cada página, late una gran mujer. Una gran escritora. O mejor dicho: una escritora que es más mujer aún cuando escribe.


«Ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos de pie».

— Emily Dickinson



 

viernes, 30 de mayo de 2025

Sueño con las marismas, de Juan Clemente

 


Sueño con las marismas, de Juan Clemente

Una epopeya de los desposeídos narrada desde la belleza y el delirio


Presentar Sueño con las marismas, de Juan Clemente, es sumergirse en un universo tan crudo como onírico, tan real como un sueño. Desde sus primeras páginas, no solo asistimos a una historia de supervivencia y lucha: estamos ante un testimonio de la memoria, de los olvidados, de quienes desafían su destino con la sola arma de la esperanza.

Realismo mágico con raíces andaluzas

La novela se inscribe con firmeza en la tradición del realismo mágico. Las marismas no son aquí un mero escenario físico, sino un territorio simbólico donde el tiempo y la muerte se entrelazan, donde lo real y lo fantástico se confunden sin fronteras claras. Al igual que en Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, los hechos adquieren un carácter mítico y la naturaleza impone su propia ley como un personaje más.

Un mundo visual y sensorial

Es también una novela profundamente visual. Por momentos, evoca la imaginación desbordante de Miyazaki en El castillo ambulante o la atmósfera envolvente de Siberiada, de Konchalovsky. Las marismas de Clemente, como la taiga siberiana, desafían al hombre, le imponen límites y lo confrontan con su destino.


Ecos de Pedro Páramo y las sagas de Allende

El imaginario de Clemente nos remite a Pedro Páramo, de Juan Rulfo: fantasmas vivos que habitan una tierra de condena y redención, una atmósfera opresiva en la que la muerte está siempre presente y los vivos no terminan de estarlo del todo.

A la vez, personajes como Raúl o Antonio Sangremuerta, sepulturero de un cementerio que se entierra a sí mismo, nos conectan con la primera Isabel Allende: sagas familiares, pasiones intensas, emociones con peso físico, y una memoria que se convierte en ancla de la identidad.

Un viaje mítico entre la vida y la muerte

Las marismas aquí evocan los pantanos del Estigia, el mítico río que separa la vida de la muerte. En esta novela, esa función la encarna Antonio Ribó, un auténtico Caronte marismeño, guía entre mundos. Su presencia nos recuerda que este no es solo un relato histórico: es una travesía espiritual, emocional y simbólica.


Personajes inolvidables

Entre los habitantes de este universo encontramos a Elías Matatrenes, romántico bandolero andaluz; a mujeres como Soledad Barrientos Castilla, Herculina o Neus Benet, desposeídas de todo salvo su honra; y a figuras oscuras como el capitán Felipe Malcriado Gómez o el teniente coronel Bocanegra, cuya sombra sangrienta estremece la memoria colectiva.

Pero Juan Clemente no se limita a recrear arquetipos. Reinterpreta toda esta tradición desde nuestra historia más reciente: la represión, el hambre, la resistencia, la lucha por la dignidad en un entorno tan bello como implacable.

Literatura como resistencia

Con un lenguaje evocador, casi hipnótico, el autor nos arrastra a un mundo que, aunque lejano en el tiempo, resuena con inquietante actualidad. Sueño con las marismas es una epopeya de los desposeídos, un canto de resistencia en forma de literatura. Nos recuerda que la realidad, a veces, no basta para explicar el mundo y que es en la imaginación donde hallamos sentido ante lo inexplicable.