Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos. Era la edad de la sabiduría, era la edad de la imbecilidad. Era la época de las creencias, era la época de la incredulidad. Era la época de la luz, era la época de la oscuridad.
Charles Dickens
Me encuentro a solas, profundamente inquieto, difuso bajo el subsuelo y preguntándome si me hallo cerca del Hades o del mismísimo Infierno. Recorro el interior de unos refugios construidos con el único objetivo de sobrevivir a los bombardeos. Me viene a la memoria un reportaje sobre el Hurin Pacha, el reino del subsuelo inca... soy así, no lo puedo evitar.
Pero antes de proseguir, es necesario detenerme y dar entrada a los hechos:
Almería: El último reducto
Almería aguanta hasta el final de la guerra como último bastión republicano de España, quedando aislada y sola frente a los despiadados ataques del bando nacional. El comienzo de esta monumental obra de ingeniería se inicia apenas tres meses después del alzamiento.
El proyecto fue encargado al arquitecto municipal Guillermo Langle Rubio, contando con la participación del ingeniero de minas Carlos Fernández Celaya y de José Fornieles, ingeniero de caminos. Fue un esfuerzo colectivo en el que la población almeriense participó de manera voluntaria, acelerando la construcción de una obra magnánima.
Una ciudad bajo la ciudad
Se consiguió crear cerca de cien accesos al interior de las galerías. La idea era estratégica: que ningún residente tuviese que recorrer una larga distancia para ponerse a salvo en caso de ataque.
Los refugios no eran solo túneles; eran una ciudad funcional que disponía de:
- Servicios médicos: Enfermería, quirófano y sala de curas.
- Logística: Zonas de almacenamiento de víveres, cocina y despensa.
- Suministros: Luz eléctrica y agua potable.
Con una longitud de 4,5 kilómetros de galerías subterráneas, llegaron a tener capacidad para 40.000 personas. Todo estaba minuciosamente calculado para albergar a la totalidad de la población, que se vio incrementada inesperadamente por los supervivientes de la famosa "Desbandá" de Málaga, uno de los episodios más terribles de la historia de nuestro país.
La tragedia no fue solo una cifra, sino un ensañamiento constante. El 31 de mayo de 1937, una flota alemana bombardeó Almería, dejando tras de sí 40 muertos, 150 heridos y más de 200 edificios reducidos a escombros.
Pero hubo fechas aún más perversas. El día de Reyes de 1937, a las dos de la madrugada, un avión bombardeó la estación de ferrocarril, trayendo un "regalo" de terror para los niños. Tres días más tarde, los aviones regresaron para bombardear de nuevo la ciudad, como si quisieran asegurarse de que ningún niño se quedase sin su correspondiente ración de muerte.
Tras la caída de Málaga, el litoral andaluz se convirtió en un auténtico infierno.
Siete décadas de silencio
Una vez que Almería fue tomada por las fuerzas fascistas a finales de marzo de 1939, los refugios —esos que habían salvado tantas vidas— fueron sellados y olvidados. Durante setenta años, la ciudad caminó sobre sus propias heridas ocultas, hasta que finalmente se volvieron a abrir.
Fue una tarea ardua: décadas de lodo acumulado y raíces que habían invadido las galerías impedían el acceso. Hoy, tras esa limpieza profunda, los refugios vuelven a ser transitables, no para protegernos de las bombas, sino para recordarnos lo que nunca debe repetirse.

Me apoyo en la pared de la galería. Frente a mí, sobre un muro de contención, un niño aprovechó el fraguado del hormigón como si de un lienzo se tratase, plasmando allí la impronta de su miedo.
El ruido del tráfico que transita ahora por el Paseo, justo sobre mi cabeza, me ayuda a rememorar la barbarie. Me encuentro solo, tremendamente solo en este largo pasillo, frente al dibujo trazado sobre el cemento. No puedo evitar imaginarme el olor al espanto, el llanto de los críos, la oscuridad perniciosa, las respiraciones forzadas, los suspiros y algunos rezos por lo bajo... porque, aunque nos encontremos en zona republicana, no es menester recordar que el hombre, ante el abismo, siempre ha rezado.
El arte como escape
Una vez más, la expresión artística nos ayuda a escapar del horror. Es como un murmullo que nos acompaña desde el principio de la especie humana: sofocamos el miedo con lo creativo, disolvemos la parálisis del espanto con un movimiento que no sirve para otra cosa que para huir de la realidad.
¿Qué se puede expresar en un largo y oscuro pasadizo sepultado en el fondo de la tierra?
Ya lo vimos en Terezín, cuando el horror nazi alcanzaba su mayor grado de atrocidad. Allí también, entre muros de muerte, el arte floreció como un acto de resistencia.
Cierro los ojos y me imagino a ese niño marcando el hormigón fresco, mientras me pregunto: ¿Cómo se puede pintar sin luz?